A vueltas con la velocidad de procesamiento

La velocidad de procesamiento es una de las variables habitualmente valoradas cuando se trata de determinar el nivel de desarrollo cognitivo de un niño o de un adulto. Se podría definir como el tiempo empleado por una persona para producir una determinada respuesta. Por tanto no estaríamos hablando de su capacidad para comprender o de relacionar, sino simplemente del tiempo que emplea dicha persona para ejecutar las tareas (incluido y muy especialmente las sencillas). Algunas personas se sorprenden por ejemplo al ver que un niño aparentemente muy inteligente (con un amplio vocabulario, que aprende rápidamente y relaciona conceptos con facilidad) tarda en contestar o resolver tareas realmente sencillas.

¿En la práctica, cómo de relevante o qué papel juega esta variable?

Teóricamente y pensando en las necesidades de cualquier alumno de cualquier centro educativo, conocer su velocidad de procesamiento debería servir para ajustar y diferenciar los contenidos, objetivos, y por supuesto la metodología. Es pertinente saber por ejemplo si un alumno en particular tiene dificultades cuando el tiempo para responder es limitado ya sea por ponerse nervioso o a lo mejor por la frustración que le provoca no poder ejecutar sobre el papel los pensamientos que tan rápidamente fluyen en su cabeza.

En la práctica, evaluar la velocidad de procesamiento de un alumno sirve sobre todo para descartar que éste pueda presentar necesidades específicas de apoyo educativo asociadas a una alta capacidad intelectual. Al menos en la Comunidad de Madrid. ¿Por qué?

En la CAM el diagnóstico de alta capacidad intelectual exige actualmente cumplir tres requisitos: presentar una capacidad intelectual general equivalente en escala CI a 130 (2 % superior de la población), evidenciar un alto potencial creativo (percentil 60 o superior valorado mediante prueba objetiva) y presentar un perfil aptitudinal armónico. ¿Qué significa esto de “presentar un perfil aptitudinal armónico? Significa de manera simplificada que el niño debe rendir de manera similar en el conjunto de la batería y por tanto que el rendimiento en cada uno de los índices que permite obtener la prueba deben ser estadísticamente iguales (lo cual no quiere decir tampoco que las puntuaciones deban ser idénticas).

Aunque parezca extraño, es muy habitual encontrar personas que pese a evidenciar niveles altos o muy altos de razonamiento verbal, espacial, numérico o mecánico (por poner algunos ejemplos), rinden peor en las tareas que evalúan su velocidad de procesamiento. Peor no tiene por qué significar bajo o muy bajo sino simplementeinferior al rendimiento evidenciado en los demás índices (lo más habitual en estos casos es que rindan de forma parecida a su grupo de iguales).  Cabe precisar que las tareas que evalúan dicho constructo son por definición “sencillas” ya que no se trata de evaluar el potencial intelectual estrictamente hablando de la persona sino su “rapidez o lentitud en la ejecución”.

Conclusión: un niño podrá perfectamente puntuar altísimo en las distintas pruebas de razonamiento o de memoria de la batería de turno pero si es lento en su ejecución la CAM no considerará que presente necesidades específicas de apoyo educativo. Esto podría resultar sensato y lógico: puestos a exigir, ¿por qué no exigirle a los niños el que además de inteligentes, sean rápidos ejecutando tareas sencillas? El verdadero problema surge cuando existen ineludibles evidencias empíricas (incluidas en el propio manual estadístico de la batería habitualmente empleada por los equipos de orientación de la CAM) de que los alumnos tradicionalmente considerados como con alta capacidad intelectual tienden a obtener puntuaciones ajustadas a su grupo de edad en elÍndice Velocidad de Procesamiento. Una vez más esto no quiere decir que sus puntuaciones sean bajas sino simplemente inferiores a las que puedan obtener en las tareas de razonamiento o de memoria. Desafortunada paradoja que en la práctica se traduce en que muchos alumnos no reciben una atención educativa diferenciada por culpa de un criterio diagnóstico que no se ajusta a esa realidad que precisamente pretende “diagnosticar”.

Desde el Centro Renzulli planteamos dos soluciones a este gravísimo problema:

– Que se deje de exigir un perfil aptitudinal armónico: las necesidades de cientos de niños con un altísimo potencial están siendo sistemáticamente ignoradas en la actualidad (al menos parcialmente).

– Que se empleen instrumentos como por ejemplo las Escalas de Aptitudes Intelectuales BAS-II que permiten diferenciar el constructo capacidad intelectual general de la variable velocidad de procesamiento. Es decir, que aportan información sobre todas estas variables pero de manera independiente ya que para calcular el índice general de inteligencia de la persona no se emplean los resultados correspondientes a velocidad de procesamiento por ejemplo. Y todo esto sustentado por una “robusta base psicométrica” y una “firme base teórica” (según palabras del propio colegio oficial de psicólogos).

Centro Renzulli

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